Alteración climática y previsiones

Por Mario Quevedo, en Cantabricus

Me tocó anteayer comparecer ante una comisión de investigación del parlamento asturiano, relativa a los grandes incendios de diciembre de 2015.

Una pregunta particularmente interesante para mí tocaba las previsiones de cambios en las perturbaciones ambientales, consecuencia de la alteración del clima. Algunas de esas previsiones, aunque no tan detalladas como seguramente querría la gestión local, las ofrece la Agencia Ambiental Europea, a través de informes públicos. Los aspectos más relevantes los resumen en:

http://www.eea.europa.eu/publications/climate-change-impacts-and-vulnerability-2016/key-findings

Key observed and projected climate change and impacts for the main biogeographical regions in EuropeEse resumen, muy gráfico, junto con una búsqueda de efectos previstos sobre los ecosistemas forestales (e.g. Jump et al. 2006; Doblas-Miranda et al. 2017), recuerdan que el norte también debería existir, ambientalmente.

Leo a menudo previsiones basadas en investigación llevada a cabo en ecosistemas mediterráneos, así como propuestas y acciones de gestión relacionadas. Sin embargo, por mucho que algunas especies presentes en esos ecosistemas vecinos sean frecuentes en los bosques de la Cornisa Cantábrica, los ambientes en los que crecen no son los mismos.

Las previsiones no deberían ser las mismas.

Parte del problema puede surgir de un excesivo ímpetu de generalización, porque los patrones locales no venden igual de bien en el mundo editorial científico. No obstante, si simplemente todos recordamos la variedad de ambientes presentes en la Península Ibérica, podremos interpretar mejor la valiosa información científica disponible y venidera.

Las referencias citadas arriba:

  • Doblas-Miranda E et al (2017) A review of the combination among global change factors in forests, shrublands and pastures of the Mediterranean Region: Beyond drought effects. Global and Planetary Change 148:42–54. doi: 10.1016/j.gloplacha.2016.11.012
  • Jump AS et al. (2006) Rapid climate change-related growth decline at the southern range edge of Fagus sylvatica. Global Change Biology 12:2163–2174. doi: 10.1111/j.1365-2486.2006.01250.x
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Buscando bosques viejos

Por Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 7 min

Acaba de publicarse, “en abierto” y online (signo de los tiempos, eh) un trabajo en el que Elia Palop Navarro combina datos LiDAR con los del Inventario Forestal Nacional (IFN). Pretende comprobar si es posible detectar qué zonas de los fragmentos forestales remanentes presentan estructuras compatibles con las de “bosques viejos” cantábricos. Spoiler: sí, pero con cuidado.

El trabajo sale en Ecosistemas, la revista de la Asociación Española de Ecología Terrestre; en español. Al estar fácilmente accesible, no me extiendo sobre su contenido. Si quería en cambio dejar aquí alguna letra sobre los fundamentos, así como alguna idea que no contiene, al menos no explícitamente.

El marco general en el que pensamos el trabajo es la búsqueda de una evaluación cuantitativa del estado de conservación. Si además es objetiva, mucho mejor, aunque ambos términos no son ni mucho menos sinónimos. Un marco más específico buscaría poder definir “bosque viejo” con números, vía teledetección, y a continuación saber cuántos son y dónde están.

El interés por esos asuntos – el mío al menos – arranca en parte como reacción al uso descuidado de la información ambiental, tanto de forma interesada como casual. Frases tipo “el maravilloso bosque viejo de Telomeria”, o sentencias tipo “en el antropoceno no queda nada sin tocar”, esconden la complejidad y parcheado propia de los ecosistemas y su dinámica. En el caso que nos ocupa, esconden también la historia de la explotación y rendimiento económico del monte. No todos los bosques cantábricos se explotaron, ni los explotados lo fueron de la misma forma; los bosques viejos no son igual de viejos por todas partes; los árboles altos no garantizan las características del ecosistema forestal que asociamos con aquello de “bosques maduros”. Los detalles importan; definen qué podemos esperar de, y qué podemos encontrar en, esos sistemas forestales.

robles con boj

Robledal joven. La imagen corresponde al borde sur del bosque cantábrico, y quizás alguien la incluiría en otro dominio, pero ilustra la idea (estribaciones de la Sierra de Cantabria, Navarra).

Para revisar cuánto y dónde se modificó notablemente el bosque, disponemos de textos – y algún mapa – sobre los detalles históricos de la explotación forestal [escribía sobre eso aquí]. Por eso podemos saber que la mayor parte de los bosques cantábricos actuales serán, al menos en las zonas con acceso rodado, jóvenes. Entras en uno y en esa hectárea que revisas te encuentras un bosque denso; cientos de arboles con diámetros inferiores a 30 cm, ninguno por encima de 50 cm. Esto último variará dependiendo del modo de explotación histórico; en algunos casos quedarán algunos arbolotes, liberados para seguir aportando semillas y plántulas. Hacen falta varias generaciones humanas para que un bosque sea viejo. ¿Cuántas? Depende de las especies dominantes y su ritmo de crecimiento; en nuestros lares de robles, hayas y abedules, con mínimos de cobertura entre los S. XIX y  XX, 100 años te dejan con masas en fases intermedias.

Para revisar el por qué de los distintos estadios de un ecosistema forestal podemos usar los numerosos textos que explican la sucesión ecológica. No es una idea arcana, por mucho que la prensa del régimen astur intente evitarla. En el ecosistema forestal cantábrico, la combinación de biogeografía, clima, suelo, e historia evolutiva te deja con una tendencia a cubrir el terreno con vegetación leñosa, matorrales y árboles. Sí, los amigos del orden están de los nervios, maquinaria en mano. Dado suficiente tiempo desde la explotación, terminarás teniendo un bosque cantábrico. Los detalles de composición del mismo pueden variar con la perturbación previa y las características locales. En cualquier caso, si las zonas A y B de un ecosistema forestal difieren en la perturbación sufrida y en el tiempo transcurrido desde esta, no debemos esperar que presenten estructuras similares. Piensa por ejemplo en los distintos estadios de la imagen siguiente.

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Esquema de transición forestal tras una perturbación intensa. Adaptado de Frelich 2002. Forest dynamics and disturbance regimes: studies from temperate evergreen-deciduous forests. Cambridge University Press.

Para retomar el hilo, vuelvo al título del trabajo, “Combinando datos LiDAR e inventario forestal…”. LiDAR es una técnica de teledetección que proporciona nubes de datos* correspondientes a la altura de la vegetación sobre el terreno. Permite construir modelos ~ 3D de la misma. El Inventario Forestal usa trabajo de campo para proporcionar datos detallados de la estructura forestal en parcelas fijas, visitadas cada ~ 10 años. Es del inventario de donde sacas información del tipo “el monte Menganito presenta una cobertura del dosel del 80%, con una densidad de 450 árboles por hectárea, de los cuales x% tienen diámetros superiores a 50 cm a la altura de la observadora”. Y muchas más cosas.

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Hilera de árboles – exóticos – que cierran el Jardín Botánico Atlántico de Gijón por el lado sur: un Eucaliptus globulus asomado sobre los Platanus orientalis.

De los datos LiDAR puedes obtener información juguetona, como la que dice que el punto más alto de un eucaliptón** del Jardín Botánico Atlántico de Xixón está a 46.9 metros del suelo (puntos rojos en la derecha de la imagen anterior); o que parece haber un haya de 41 m en una ladera del Parque Natural de Somiedo (bastante más fácil comprobar personalmente el okalitón que la presunta faya somedana; de ahí el “parece haber”). Puedes obtener muchos otros parámetros más informativos, como por ejemplo la variabilidad de las alturas máximas en un área determinada (izda. a dcha. en la imagen anterior), o el porcentaje de claros en el dosel.

Un claro en una zona forestal a vista de LiDAR; en este caso, una campera. A la derecha, la imagen termina con una zona de matorral

Un claro en una zona forestal (Cangas del Narcea) a vista de LiDAR; en este caso, una campera. A la derecha, la imagen termina en una zona de matorral: vegetación bajita y densa.

El interés y la dificultad de combinarlos, en nuestro caso para encontrar bosques viejos, estriban en algunas de las características propias de ambas aproximaciones:

  • Por un lado, los datos LiDAR aportan ventajas como la capacidad de generar datos espacialmente continuos, frente a la naturaleza discreta de las parcelas del IFN (i.e. comprobar que una zona forestal presenta árboles viejos en un radio de 50 m no permite inferir que el resto del monte tenga la misma estructura). Por otro lado el prefijo “tele-” en teledetección llama siempre a la calibración: nos tenemos que asegurar de que esa señal recogida por el sensor de turno tiene significado biológico, y además lo entendemos. Hay que seguir saliendo al campo; larga vida a la Historia Natural. Hasta ahí, parte del interés.
  • Algunas de las dificultades por la parte LiDAR surgen en los terrenos escarpados, que dificultan la interpretación correcta de los datos (lo que parece altura máxima de la vegetación puede engañar). Y sí, la Cordillera Cantábrica es escarpada. También las distintas especies forestales pueden “devolver distintos números” LiDAR  sin que ello permita extraer más información ecológica que la forma de crecimiento: en los bosques viejos habrá árboles viejos, más altos; no obstante, las hayas son más longilíneas que los robles, por ejemplo. Además, los datos LiDAR originales pueden adquirirse con mayor o menor detalle: cuántos datos obtienes por cada trocito de terreno cubierto por el sensor. Los datos públicos españoles que usamos en el trabajo, bienvenidos sean, no son particularmente detallados.
  • Por la parte del IFN alguna dificultad surge directamente de los objetivos del inventario: no se diseñó para calibrar medios de teledetección y, por tanto, no cabe esperar que sus medidas sean las mejores posibles para calibrar LiDAR. Por otro lado, no parece existir igual esfuerzo en el registro de la cobertura de matorral y madera muerta que en la composición y estructura del dosel. O mejor dicho, el esfuerzo en las partes “no maderables” parece variable entre parcelas.

En cualquier caso, todo lo anterior descansa sobre el interés que tenemos algunos en conocer y proteger los bosques viejos; esos en los que los árboles muertos son parte esencial de la ecología de la comunidad. Esa en la que los individuos ancianos proporcionan la dimensión vertical y las oquedades que necesitan otras muchas especies, y dónde la heterogeneidad es la norma. Esos bosques viejos albergan una diversidad de especies descomunal, si bien para encontrarla y  apreciarla tendrás que ir más allá de aves y mariposas, y buscar líquenes, hongos, escarabajos, colémbolos, bacterias, etc.

deadwood

No obstante, que nadie entienda aquí desdén por los bosques jóvenes: son la transición indispensable hacia los viejos, que no se pueden recrear con ingeniería. Y cada día que pasa, igual que tú, y yo, y el coyote, son más viejos.

** El antónimo de “nubes de datos” es “datos sobre urogallos”.
** Su condición de especie alóctona no debe ocultar que es un ser vivo admirable; de hecho, son dos juntos.

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La barrera del idioma en conservación (y gestión)

Por Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 4 min

Esta entrada, corta, no será muy informativa; la preparo a modo de pregunta.

Llevo tiempo enganchado al concepto “perturbación”.

Supongo que será consecuencia de buscarle sentido ecológico al declive de la población de urogallos en la Cordillera Cantábrica. Al menos en parte, que nunca necesité mayor disculpa para despistarme y perder eficiencia. También puede venir la fascinación tras ver los aparentes efectos de las perturbaciones, naturales y antrópicas, en esos altos. En cualquier caso, arrancaba la mañana abriendo otra vez un libro que me aporta compañía en estos asuntos:

Lee E. Frelich, 2002. Forest dynamics and disturbance regimes: studies from temperate evergreen-deciduous forests. Cambridge University Press

Va el libro de bosques, perturbación, y el negativo de esta, la sucesión ecológica1. Va de bosques templados, mixtos, del noreste de Estados Unidos. Y aquí empiezo a ir al grano: por qué leer sobre bosques caducifolios de USA, y no de Iberia; o incluso por qué en inglés y no en español.

Lo del inglés es mera consecuencia de la proporción: el 95%2 de la información decente que encuentro cuando busco términos científicos está en gringo.

Lo de los bosques foráneos, foriatos que decimos en la tierra de los míos, también. Por la razón que sea, es mucho más fácil aprender sobre otros bosques que sobre los que uno ve por la ventana. Y eso lleva al difícil ejercicio de extraer lo que hay de común en los relatos de la perturbación americana, australiana etc.

Y es difícil porque los sesgos anidan en casi todos. Me parece que tendemos a leer más lo que nos gusta, y a quedarnos especialmente con lo que nos interesa (una vez más apunto aquí al The Era of Management Is Over, y al The Art of Scientific Investigation).

Planteada la trama, dos preguntas:

1- ¿Existe en España un “refugio del idioma”? Entiendo el “refugio” como una barrera – permeable pero barrera al fin y al cabo – tras la que gestores, investigadores, charlatanes etc. escondemos nuestras agendas. De existir, explicaría al menos dos fenómenos habituales:

1.1, cruzar la barrera hacia el lado you treat me like a fool, bye bye daddy cool, y volver sólo con la parte preferida de los conceptos, con la esperanza de que la mayor parte de los receptores en el lado bien pagá, si tu eres la bien pagá3, decida confiar en el cronista y no prescindir de la barrera.

1.2, actuar en gestión de la conservación como si no existiese el otro 95% de la literatura del ramo, y como si el texto local de 1950 fuera la única sabiduría disponible. También en este caso con la esperanza de que el público no use Google Académico etc.

2- ¿Tiene arreglo? Esta pregunta es genuina. La anterior, por la prerrogativa de mi sesgo, admitirá en mi cerebro menos grados de libertad. Pienso por ejemplo con envidia en un medio que sigo desde hace unos años, The Conversation. En él encuentro, directamente y sin filtros ni intermediarios4, a los responsables de las investigaciones discutiendo los conceptos que practican (un ejemplo,  y otro, y un tercero,  de entre mis sesgos personales; podrás encontrar los tuyos). Por un lado recurre directamente a las fuentes, y por otro lado cuenta con personal que se ocupa del fact checking, de comprobar la veracidad de esas fuentes.

¿Podríamos tener algo así? Imagino que podría ocurrir una sucursal de The Conversation en España; académicos tenemos. Pero lo que pregunto es si podemos tener algo así en español. Ya sabéis, por aquello de la barrera.

Y es que “la barrera” parece dificultar el entendimiento y la gestión de asuntos tan importantes como la perturbación.

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Notas
1. Asunto que ya me flipó, entre la ingente necromasa del Begon, en los tiempos de estudiante de Biología, en los que solía flipar por asuntos mucho más próximos a las Humanidades…
2. Por decir algo; todavía no lo he calculado.
3. Hay muchas versiones; esta me parece especialmente buena. El daddy cool en cambio nunca fue bueno, pero tiene gracia.
4. No critico aquí ni propongo sustituir la divulgación o el periodismo: me gusten o no las noticias sobre ciencia, entiendo que es necesaria también esa capa de interpretación más o menos pública. Hablo de añadir servicios o modos de comunicación, no de sustituirlos.

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Millones de urogallos

Por Mario Quevedo, en Cantabricus

Estos días se me cruzan por las redes sociales muchos comentarios sobre los urogallos cantábricos. Parece que el incremento en frecuencia de clicks galleros se debe a un acto que tuvo lugar en Ponga, Asturies, en el que se hizo balance del proyecto LIFE vigente sobre urogallos.

Desconozco por qué el acto tuvo lugar en San Juan de Beleño; desconozco por qué participaron los que participaron, y no otros. Sólo he visto el terrible resumen que “ofrece” la televisión pública asturiana, al parecer también en peligro crítico. Y no voy a dar más vueltas a las acciones contempladas en dicho proyecto LIFE; no aportaría nada nuevo a contenidos previos de este blog.

Sí me pide el cuerpo no obstante dar alguna vuelta a algo que aflora repetidamente entorno a las noticias de gestión / conservación en los últimos tiempos*: los millones.

Los millones del LIFE. Todos esos millones que eran de todos y que se repartieron cuatro, para seguir viviendo del cuento ambiental.

Ese podría ser el estribillo común en las distintas versiones populares de la canción. Y, cuando lo oigo, me pregunto: ¿por qué tanta murga con los puñeteros millones?

Espera, antes de crujirme, déjame afinar la postura: igual que creo que si no pagamos impuestos no tenemos servicios públicos (bueno, no hace falta fe para esto), creo imprescindible que se nos cuente (o contemos) en qué se gastan esos fondos. Y dudo que nadie en el lado contribuyente quiera que se gasten de forma ineficiente. Pero la insistencia en “los millones del LIFE” ante la falta de resultados se me antoja tan alejada de la ciencia como las opciones criticadas.

Los millones compran esfuerzo, oportunidad. No compran resultados.

rastro

Vamos a suponer que los gestores y gestoras de esa población con tan mala pinta consiguen que la Unión Europea financie parte de la gestión, encaminada a mejorar el estado de conservación**. Supongamos después que gastan los primeros miles de € en rodearse de la mejor ciencia disponible. A esas alturas, tendrían varios kilos de sugerencias, y varias toneladas de incertidumbre. Usarían idealmente otro puñado de € en explicar al público la letal combinación. No, la incertidumbre no es popular, lo sé; ahí es donde pasan una temporada crítica decidiendo si siguen soportando los “depende” de los científicos, o si optan por los “claro” de los expertos.

Superan el mal trago y, a partir de ahí, con ciencia más incertidumbre, deciden un plan de acción. Sayonara baby a los millones del LIFE. Los gastan en ese plan de acción, y en exponer que hacen, por qué, quién, y que resultados obtienen. Mientras los funden, alguien idealmente cobra por su trabajo. No, en conservación no hay por qué trabajar gratis.

Sigamos suponiendo que acaba el periodo LIFE, y que acaban los millones. Y que el plan propuesto y ejecutado no sale bien. Bum.

Menudo marrón. No tienes mejor estado de conservación de la población, tienes todavía mucha incertidumbre, y no tienes la pasta. Sin embargo, dudo que muchos de los que hemos discutido sobre la gestión de los pitos en los últimos años percibiéramos el marrón de la misma manera que el que leemos ahora.

La diferencia entre el escenario discutido estos días en la red y el que planteo en estas líneas no son los millones; esos se han gastado de todas formas. Si serían en cambio diferentes algunos procedimientos que convendría poner en práctica, si es que esto de intentar recuperar poblaciones amenazas es algo más que un festival de subvenciones encubiertas***.

Sólo pretendía con estas letras 1) forzarme a estructurar alguna idea latente, y 2) pedir a mi prójimo que me refute las ideas. Con un poco de suerte, aprenderemos algo de todo esto.

*no descarto que siempre haya sido así; pero las referencias son cambiantes, y en este caso no me apeteció buscar la original.

**seguramente requiera excesiva imaginación plantear que el Gobierno de España no dedica la parte equivalente de su presupuesto a otra tarea de conservación, en lugar de construir otra infraestructura inútil.

*** nada tengo contras las subvenciones descubiertas.

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