Conservación, preservación

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 5 min

Hace unas semanas me invitaron a hablar de biología de la conservación, con carta blanca para darle el enfoque que me pareciese. O al menos cogí la carta blanca primero, y el vino después, que no sabes lo que te tocará mañana. Y puestos a hablar, traté de contar en qué consiste la biología de la conservación, de qué se ocupa. Salieron por tanto las poblaciones pequeñas, y sus primas las poblaciones en declive; salió la importancia de la mala suerte demográfica, ambiental, y genética, en el contexto de la probabilidad de extinción; y seguro que salieron fragmentación y pérdida de hábitats.

Quizás pueda parecer obvio de que hablamos aquella tarde. Y escribo condicional porque como uno se ponga, le podría sacar punta a cualquiera de los conceptos anteriores; o lo que es lo mismo, montar una agria discusión con amigos y conocidos a ver quién lo tiene más claro, quién es más conservacionista. “Perdida de hábitats”, por ejemplo, no es una idea fácil. A no ser que te pase como a Kilauea, y un volcán te pavimente la reserva natural de la noche a la mañana sin licencia municipal de obra, eso de perder hábitat queda difuso, y merece ser precisado hacia “pérdida de hábitats primarios”. Si te cepillas la mitad de los árboles de una ladera pierdes un tipo de hábitat, te quedas con otro. O, mejor dicho, si te lo cepillas, dejas a las gentes a las que les importa esto de los hábitats con otro, sinvergüenza.

Si tengo ocasión, si me vuelven a dar atril, igual hablo de lo que no es estrictamente conservación, aunque se incluya a veces en el refrito de disciplinas científicas y humanidades que forman eso de “conservación de la naturaleza”, o “ciencias de la conservación”. Un banco de germoplasma no es conservación. Un “paisaje natural protegido” no es conservación, ni paisaje natural. Ambos son preservación.

Como la lata esa de melva canutera, en aceite de oliva.

No tengo intención alguna de restarle valor a la preservación; solo le doy aquí importancia a los términos, para entendernos mejor y, puestos a discutir, hacerlo con más precisión.

Si la intención es conservar la naturaleza, en lugar de preservarla en un estado concreto, habrá que tener en cuenta que no es estática1. El paisaje que vemos es una foto fija de un ecosistema, en el que están fluyendo el carbono, el nitrógeno, el fósforo y otros minerales, y en el que están interaccionando poblaciones de distintas especies a través de la competencia, la predación, el mutualismo, la facilitación. Aquello de que no ves el mismo río dos veces, pero algo más despacio en sistemas terrestres. Si quieres proteger el paisaje, esa foto fija, tendrás que contrarrestar con manejo la naturaleza dinámica de los ecosistemas subyacentes; tendrás que parar el vídeo para seguir capturando pantallazos.

En Europa quedan pocos hábitats primarios. En un continente de naturaleza esencialmente forestal desde el final del último periodo glacial, la inmensa mayoría de lo que tenemos, en el mejor de los casos, son bosques jóvenes2. Ves, otro término resbaladizo. Mejor sería decir bosques con estructura propia de estadios tempranos de un ecosistema forestal, en los que la mayor parte de los individuos son jóvenes: altos, estirados, sin arrugas, sin bultos, sin deformaciones ni cicatrices. Jóvenes. La explotación histórica de los bosques nos dejó sin bosques primarios, aunque tenemos hábitat forestal.

¿Conservamos los bosques, o los preservamos en su estructura actual? Llevando la disyuntiva a versiones más encontradas, ¿conservamos el ecosistema cantábrico, o preservamos un paisaje cultural, consecuencia de los usos desplegados sobre él? Y planteo la disyuntiva para territorios en los que los usos ya no están presentes, por la razón que sea. Discutir aquellos usos, u otros, es otro cantar3–5.

La primera opción implica menos intervención, permitiendo que flujos e interacciones desplieguen el cambio relativamente previsible del ecosistema; eso que llamamos sucesión ecológica. La segunda opción implica intervenir, constantemente, para detener ese cambio cierto, constante. Personalmente me inclinaré casi siempre por la primera opción, pero parece claro que hay una disyuntiva que abordar, a poder ser con la mejor información posible. Cualquiera de las opciones planteadas, o cualquier versión alternativa, nos presentará aspectos cómodos e incómodos, ciertos e inciertos, y resultará más favorable para unas especies u otras. Y plantear abiertamente esas alternativas me parece por un lado un ejercicio biológicamente interesante, y quizás socialmente más honesto.

Conservación de la naturaleza no es – a pesar del nombre – una opción conservadora. Implica permitir y observar los cambios, sin garantía de que el resultado sea más placentero para el observador. No obstante, la preservación de determinados paisajes tiene también su miga, en el estado actual de la biosfera, con 7.600 millones de humanidades y sus cachivaches, medrando. En ese contexto que nos toca, podría ser deseable preservar unas hectáreas de turbera costera, porque la ocupación y explotación humana del paisaje no permiten la acumulación de turba en otras zonas. Podría ser deseable suprimir el fuego en esas hectáreas de bosque mediterráneo, las ultimas de su clase, por mucho que el fuego sea una perturbación inherente a ese ecosistema. Y podría ser deseable plantear una reserva estricta para conservar esas hectáreas de bosque salvaje. Ni la preservación de unas ni la conservación de otras te garantizan que todas las especies incluidas se vayan a quedar en tu reserva, o en tu preserva, más allá del folleto divulgativo.

Si por el contrario los ecosistemas primarios contaran todavía con las extensiones previas a la transformación humana del paisaje, podríamos confiar en que las perturbaciones inherentes a ellos (los rayos, las tormentas, los movimientos de tierras, etc.), repartidas de forma cuasi-aleatoria y asincrónica, nos dejarían diversidad de hábitats: jóvenes, viejos, abiertos, cerrados, con mariposas y plantas herbáceas, con pícidos y líquenes, y con grandes carnívoros – siempre raros y recibiendo una ínfima parte de la energía solar incidente – usándolos todos.

En cualquier caso, toca decidir si se quiere conservar o preservar, argumentando por qué, y a costa de qué6. No hay decisiones triviales en conservación, pero podría haber decisiones mejor discutidas.

Referencias
1. Pressey RL et al. 2007. Conservation planning in a changing world. Trends Ecol. Evol. 22, 583–592
2. European Environment Agency. 2014. Eight facts about Europe’s forest ecosystems https://www.eea.europa.eu/highlights/eight-facts-about-europe2019s-forest-ecosystems
3. Halada L et al. 2011. Which habitats of European importance depend on agricultural practices? Biodivers. Conserv. 20, 2365–2378
4. Fischer J et al. 2012. Conservation policy in traditional farming landscapes. Conserv. Lett. 5, 167–175
5. Merckx T y Pereira HM. 2015. Reshaping agri-environmental subsidies: From marginal farming to large-scale rewilding. Basic Appl. Ecol.
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Una respuesta a Conservación, preservación

  1. Alvaro dijo:

    Buenisimo, ahora hay que llegar a la masa ciudadana..para que no les vendan humo

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