Esos paisajes quemados

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 5 min

Hace unos meses, en un acto público en el que discutíamos sobre el problema de los incendios provocados en la Cordillera Cantábrica, desde el público se mencionaba la necesidad de interpretar paisajes; de explicar qué vemos, y por qué.

Hay varios puntos de vista posibles en la interpretación del paisaje, y varían tanto en el enfoque como en la escala temporal que discuten. Así, con un geomorfólogo disfrutas cuando te explica de dónde vienen las formas; pone el foco en el material abiótico, y en la escala temporal larga. Un antropólogo te explicará qué usos humanos han tenido lugar en el territorio, condicionando en parte la cubierta vegetal actual. A continuación usaré algunas fotos para explicar lo que veo y lo que sabemos en ecología de un tipo de paisaje. Voy a ser deliberadamente somero en la descripción, dado el medio y la mañana del sábado, lo cual no implica que niegue los muchos matices que podríamos añadir.

Me centraré esencialmente en una de esas zonas que se dicen “cubierta de matorral” en los usos habituales de la descripción del paisaje. Usos habituales en los que nos descuidamos todos más de la cuenta.

Concretando más, me voy a los brezales altos; me voy a Degaña, sur-occidente de Asturias. Es Degaña concejo, como la mayor parte de Asturias, eminentemente forestal. Es también eje de la Cordillera Cantábrica, lo que implica fuertes pendientes y cumbres de 2000 m s.n.m. Y es occidente, lo que se traduce en mayor prevalencia del material silíceo en los suelos; en igualdad de condiciones, los suelos silíceos son más ácidos y menos fértiles que los calizos, determinando a su vez la cubierta vegetal dominante.

Me voy al entorno de la braña de Fonduveigas, Fondos de Vega en los mapas de Google. Nos fuimos aquel día Mangueiru arriba, y la imagen a continuación está tomada a unos 1600 m s.n.m. No tiene mucha calidad, pero creo que sí contenido:

Veo en la foto algún resto del anterior pastizal asociado a la cabaña de la parte inferior izquierda. Buena parte de la imagen muestra brezos en flor, blanquecinas las de Erica arborea, púrpuras las de Erica aragonensis (ves, aquí un botánico metería su matiz). Las amarillas serán Genista, si bien no recuerdo haber comprobado qué leguminosa era aquella; estábamos trabajando en otra cosa. También hay bastantes gleras o canchales (lleras, tseiras, etc.), en las que podrías percibir el tono verdoso que aporta la cobertura de líquenes. No verás en la foto las especies de plantas que crecen en esas tseiras, y algunas sólo en ellas, sin adentrarte físicamente en ellas.

Y veo hay árboles. Unos pocos, obvios, en el frente. Otros muchos, menos obvios, en la mitad superior de la imagen. Jóvenes rebollos, Quercus pyrenaica, y algún abedúl Betula pubescens, ambos capaces de crecer donde los suelos dan muy poco, tanto naturalmente como por consecuencia del uso humano previo de los mismos. Pensándolo un poco mejor, cierto es que hay que cuidarse de asignar edad a los árboles basándonos meramente en la talla: el crecimiento de las plantas, tanto en ritmo como en forma, está muy determinado por el ambiente. Y esos árboles están creciendo en sitios exigentes. En cualquier  caso, si nos metiéramos por esas matas apretadas, las que diluimos en “matorrales” en el hablar del día, encontraríamos más cosas. Encontraríamos muchos arándanos, por ejemplo. Encontraríamos muchas cosas que no sé nombrar (todavía; a aprender hay tiempo si hay voluntad).

No vemos en la foto, por definición estática y por manufactura lejana, la espectacular actividad de insectos que aquel día de junio se afanaban en aquello que hacen bien: polinizar, transportar, pastar, predar, etc.

A continuación alguna imagen más del mismo sitio y día, en las que espero se aprecien mejor algunos componentes de la descripción:

Sitios como los de esas imágenes constituyen las orlas supraforestales: ahí termina el bosque. El límite superior de la vegetación arbórea está profundamente afectado por los factores abióticos: el viento, la desecación, el frio, la escasez de agua, etc., y por eso lo usamos en ecología para ilustrar el efecto del ambiente en la distribución de los organismos. Pero en el caso que nos ocupa, y en otros muchos, los árboles no llegan más arriba como consecuencia de la actividad humana previa. Paisajes culturales. Creo recordar que los botánicos situaban el límite de la cobertura arbórea actual en Asturias unos 200 metros por debajo del posible, dados clima y suelo. Date cuenta de lo que eso implica: en principio, los árboles llegarán más arriba, si los dejas. Y llegarán también más abajo, reocupando el terreno perdido hasta que una nueva perturbación deje paso a vegetación más lábil y efímera.

Eso es en principio. En final, depende. Y depende porque queman sobre quemado. Cada incendio provocado y repetido no es meramente otro incendio provocado, y repetido. Arde vegetación, y arde materia orgánica particulada. Queman nutrientes minerales, tanto los presentes como los futuros, todavía anclados a aquella materia orgánica, a la espera de que babosas, hongos, bacterias y demás tropa de descomponedores los devuelvan al suelo. Los organismos que crecían en el sitio A no son necesariamente los mismos que crecen el el sitio A + 4 fuegos. Y si la intensidad y/o periodicidad de los mismos es suficiente, te puedes encontrar con que tu sitio preferido para crecer robles ya no los puede albergar; o con que tu sitio preferido para producir hierba albergará, en el mejor de los casos, vegetación leñosa.

Una imagen muy reciente, del 19 de octubre, proporcionada por José Carral:

No ha sido casual mi elección de las imágenes del monte sobre Fonduveigas. La línea azul en la imagen de la última oleada de incendios marca aproximadamente la zona a la que corresponden las imágenes anteriores. No sé cuánto de lo que vemos en ellas habrá librado, espero que algo sí. Tampoco sé con certeza cuanto de lo quemado podrá recuperar; no es trivial predecir eso. Si sé que “matorral” es un término demasiado laxo para referirse a lo que se quema mayoritariamente en Asturias todos los años. Y también sabemos que si esa definición laxa busca restar importancia al asunto, manipula de forma grosera la realidad ecológica subyacente.

Más allá de la interpretación técnica del paisaje, desde un punto de vista puramente emocional, que todos tenemos corazón, historia, madre y güela: no te extrañe que cuando justifiques los fuegos intencionados en el ecosistema cantábrico te respondamos vehementemente que marches a ver la ballena. Quizás merezca la pena recordar que el homicidio también se usa al menos desde los días de Ötzi, y no por ello nos parece hoy buena idea.

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