Buscando bosques viejos

Por Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 7 min

Acaba de publicarse, “en abierto” y online (signo de los tiempos, eh) un trabajo en el que Elia Palop Navarro combina datos LiDAR con los del Inventario Forestal Nacional (IFN). Pretende comprobar si es posible detectar qué zonas de los fragmentos forestales remanentes presentan estructuras compatibles con las de “bosques viejos” cantábricos. Spoiler: sí, pero con cuidado.

El trabajo sale en Ecosistemas, la revista de la Asociación Española de Ecología Terrestre; en español. Al estar fácilmente accesible, no me extiendo sobre su contenido. Si quería en cambio dejar aquí alguna letra sobre los fundamentos, así como alguna idea que no contiene, al menos no explícitamente.

El marco general en el que pensamos el trabajo es la búsqueda de una evaluación cuantitativa del estado de conservación. Si además es objetiva, mucho mejor, aunque ambos términos no son ni mucho menos sinónimos. Un marco más específico buscaría poder definir “bosque viejo” con números, vía teledetección, y a continuación saber cuántos son y dónde están.

El interés por esos asuntos – el mío al menos – arranca en parte como reacción al uso descuidado de la información ambiental, tanto de forma interesada como casual. Frases tipo “el maravilloso bosque viejo de Telomeria”, o sentencias tipo “en el antropoceno no queda nada sin tocar”, esconden la complejidad y parcheado propia de los ecosistemas y su dinámica. En el caso que nos ocupa, esconden también la historia de la explotación y rendimiento económico del monte. No todos los bosques cantábricos se explotaron, ni los explotados lo fueron de la misma forma; los bosques viejos no son igual de viejos por todas partes; los árboles altos no garantizan las características del ecosistema forestal que asociamos con aquello de “bosques maduros”. Los detalles importan; definen qué podemos esperar de, y qué podemos encontrar en, esos sistemas forestales.

robles con boj

Robledal joven. La imagen corresponde al borde sur del bosque cantábrico, y quizás alguien la incluiría en otro dominio, pero ilustra la idea (estribaciones de la Sierra de Cantabria, Navarra).

Para revisar cuánto y dónde se modificó notablemente el bosque, disponemos de textos – y algún mapa – sobre los detalles históricos de la explotación forestal [escribía sobre eso aquí]. Por eso podemos saber que la mayor parte de los bosques cantábricos actuales serán, al menos en las zonas con acceso rodado, jóvenes. Entras en uno y en esa hectárea que revisas te encuentras un bosque denso; cientos de arboles con diámetros inferiores a 30 cm, ninguno por encima de 50 cm. Esto último variará dependiendo del modo de explotación histórico; en algunos casos quedarán algunos arbolotes, liberados para seguir aportando semillas y plántulas. Hacen falta varias generaciones humanas para que un bosque sea viejo. ¿Cuántas? Depende de las especies dominantes y su ritmo de crecimiento; en nuestros lares de robles, hayas y abedules, con mínimos de cobertura entre los S. XIX y  XX, 100 años te dejan con masas en fases intermedias.

Para revisar el por qué de los distintos estadios de un ecosistema forestal podemos usar los numerosos textos que explican la sucesión ecológica. No es una idea arcana, por mucho que la prensa del régimen astur intente evitarla. En el ecosistema forestal cantábrico, la combinación de biogeografía, clima, suelo, e historia evolutiva te deja con una tendencia a cubrir el terreno con vegetación leñosa, matorrales y árboles. Sí, los amigos del orden están de los nervios, maquinaria en mano. Dado suficiente tiempo desde la explotación, terminarás teniendo un bosque cantábrico. Los detalles de composición del mismo pueden variar con la perturbación previa y las características locales. En cualquier caso, si las zonas A y B de un ecosistema forestal difieren en la perturbación sufrida y en el tiempo transcurrido desde esta, no debemos esperar que presenten estructuras similares. Piensa por ejemplo en los distintos estadios de la imagen siguiente.

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Esquema de transición forestal tras una perturbación intensa. Adaptado de Frelich 2002. Forest dynamics and disturbance regimes: studies from temperate evergreen-deciduous forests. Cambridge University Press.

Para retomar el hilo, vuelvo al título del trabajo, “Combinando datos LiDAR e inventario forestal…”. LiDAR es una técnica de teledetección que proporciona nubes de datos* correspondientes a la altura de la vegetación sobre el terreno. Permite construir modelos ~ 3D de la misma. El Inventario Forestal usa trabajo de campo para proporcionar datos detallados de la estructura forestal en parcelas fijas, visitadas cada ~ 10 años. Es del inventario de donde sacas información del tipo “el monte Menganito presenta una cobertura del dosel del 80%, con una densidad de 450 árboles por hectárea, de los cuales x% tienen diámetros superiores a 50 cm a la altura de la observadora”. Y muchas más cosas.

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Hilera de árboles – exóticos – que cierran el Jardín Botánico Atlántico de Gijón por el lado sur: un Eucaliptus globulus asomado sobre los Platanus orientalis.

De los datos LiDAR puedes obtener información juguetona, como la que dice que el punto más alto de un eucaliptón** del Jardín Botánico Atlántico de Xixón está a 46.9 metros del suelo (puntos rojos en la derecha de la imagen anterior); o que parece haber un haya de 41 m en una ladera del Parque Natural de Somiedo (bastante más fácil comprobar personalmente el okalitón que la presunta faya somedana; de ahí el “parece haber”). Puedes obtener muchos otros parámetros más informativos, como por ejemplo la variabilidad de las alturas máximas en un área determinada (izda. a dcha. en la imagen anterior), o el porcentaje de claros en el dosel.

Un claro en una zona forestal a vista de LiDAR; en este caso, una campera. A la derecha, la imagen termina con una zona de matorral

Un claro en una zona forestal (Cangas del Narcea) a vista de LiDAR; en este caso, una campera. A la derecha, la imagen termina en una zona de matorral: vegetación bajita y densa.

El interés y la dificultad de combinarlos, en nuestro caso para encontrar bosques viejos, estriban en algunas de las características propias de ambas aproximaciones:

  • Por un lado, los datos LiDAR aportan ventajas como la capacidad de generar datos espacialmente continuos, frente a la naturaleza discreta de las parcelas del IFN (i.e. comprobar que una zona forestal presenta árboles viejos en un radio de 50 m no permite inferir que el resto del monte tenga la misma estructura). Por otro lado el prefijo “tele-” en teledetección llama siempre a la calibración: nos tenemos que asegurar de que esa señal recogida por el sensor de turno tiene significado biológico, y además lo entendemos. Hay que seguir saliendo al campo; larga vida a la Historia Natural. Hasta ahí, parte del interés.
  • Algunas de las dificultades por la parte LiDAR surgen en los terrenos escarpados, que dificultan la interpretación correcta de los datos (lo que parece altura máxima de la vegetación puede engañar). Y sí, la Cordillera Cantábrica es escarpada. También las distintas especies forestales pueden “devolver distintos números” LiDAR  sin que ello permita extraer más información ecológica que la forma de crecimiento: en los bosques viejos habrá árboles viejos, más altos; no obstante, las hayas son más longilíneas que los robles, por ejemplo. Además, los datos LiDAR originales pueden adquirirse con mayor o menor detalle: cuántos datos obtienes por cada trocito de terreno cubierto por el sensor. Los datos públicos españoles que usamos en el trabajo, bienvenidos sean, no son particularmente detallados.
  • Por la parte del IFN alguna dificultad surge directamente de los objetivos del inventario: no se diseñó para calibrar medios de teledetección y, por tanto, no cabe esperar que sus medidas sean las mejores posibles para calibrar LiDAR. Por otro lado, no parece existir igual esfuerzo en el registro de la cobertura de matorral y madera muerta que en la composición y estructura del dosel. O mejor dicho, el esfuerzo en las partes “no maderables” parece variable entre parcelas.

En cualquier caso, todo lo anterior descansa sobre el interés que tenemos algunos en conocer y proteger los bosques viejos; esos en los que los árboles muertos son parte esencial de la ecología de la comunidad. Esa en la que los individuos ancianos proporcionan la dimensión vertical y las oquedades que necesitan otras muchas especies, y dónde la heterogeneidad es la norma. Esos bosques viejos albergan una diversidad de especies descomunal, si bien para encontrarla y  apreciarla tendrás que ir más allá de aves y mariposas, y buscar líquenes, hongos, escarabajos, colémbolos, bacterias, etc.

deadwood

No obstante, que nadie entienda aquí desdén por los bosques jóvenes: son la transición indispensable hacia los viejos, que no se pueden recrear con ingeniería. Y cada día que pasa, igual que tú, y yo, y el coyote, son más viejos.

** El antónimo de “nubes de datos” es “datos sobre urogallos”.
** Su condición de especie alóctona no debe ocultar que es un ser vivo admirable; de hecho, son dos juntos.

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