De jovenes e investigación

No va este comentario de urogallos, ni de la Cordillera Cantábrica. Tampoco intenta como otras entradas anteriores divulgar ecología o biología de la conservación. Es quizá un inciso, provocado por las actuales y tristes circunstancias politico-económicas.

Suenan sables aquí y allá; hay que recortar, dicen, aquí y allá. Lo recortes suenan, atruenan, en lo público, toda vez que lo privado no se recorta igual de fácil. Pública es buena parte de la investigación de un país, y pública será la pedrada en toda la cocorota.

Por eso leemos estos días manifiestos de sociedades científicas, mensajes de alarma recogidos en medios relevantes como Nature, advirtiendo del daño que se le infringirá al país si se para la investigación. Comparto la esencia de esos mensajes, aunque también hubiera preferido que la defensa de la ciencia viniera desde otros sectores de la sociedad, por aquello de evitar ser juez y parte. Eso si, me resultan esos mensajes demasiado abstractos y especializados para que el público los incorpore sin realizar un cierto acto de fe. Por eso cuento aquí algunos efectos concretos de los recortes en investigación, ocupándome sólo de una de las múltiples facetas de los mismos: menor incorporación de jóvenes investigadores a las universidades y centros de investigación españoles.

¿Qué significa “jóvenes investigadores” en este contexto? Me refiero a los que recién salidos de su formación universitaria deciden seguir la vía del “posgrado”, especialmente aquellos que buscan financiación para emprender ese periodo de aprendizaje intensivo que supone la elaboración de una tesis doctoral. Los mal llamados “becarios”, término que hace referencia sólo al modo de financiación, y no al tipo ni calidad de sus aportaciones.

Esta gente es imprescindible en la investigación de cualquier país. ¿Por qué? Entre otras cosas, y por definición de doctorando, su nivel de concentración en sus objetivos de investigación es superior al de los “menos jóvenes”, cuya actividad profesional está más diversificada y cargada con burocracia. Esos objetivos de investigación son, también por definición de tesis doctoral y porque caminamos a hombros de gigantes, muy específicos (como ilustra tan bien Matt Might en su The Illustrated Guide to a PhD).

Pero esa es la parte quizá más obvia, más relacionada con la productividad, de la importancia de los jóvenes investigadores. Menos obvio resulta el efecto que tienen sobre los investigadores sénior (entendidos aquí como aquellos con responsabilidad de supervisión y gestión). A ver si me explico: los doctorandos llegan con “la pizarra más limpia”, menos garabateada de dogmas científicos y culturales, menos rayada por las fricciones propias del oficio. Son más libres, y sonríen más; pueden aportar una visión lateral e ideas alternativas, algo fundamental para que la ciencia no palidezca, adelgace y aburra.

La interacción de los investigadores sénior con esos jóvenes supone enseñar; eso requiere asegurarse de que uno se explica decentemente, y obliga a reforzar la propia comprensión de los conceptos. Supone también someter las ideas propias al escrutinio de esas mentes más jóvenes e, idealmente, más libres. Y a lo mejor esas ideas son cuestionadas, y por tanto revisadas o reforzadas. Que nadie me interprete mal, a mi también me revienta que me cuestionen. Es más, mis amigos me pintan más como demonio de Tasmania que como hierática iguana de Galápagos. Pero pasados esos minutos que uno necesita para reagrupar y golpear de vuelta, sabemos que en investigación hacen falta la cuestión y el escepticismo. En fin, aire fresco, ilusión, diversidad, energía. Eso aportan. Se dice pronto.

Y esa aportación me parece especialmente crítica en las universidades, donde los sénior son profesores y por tanto no investigan a tiempo completo, y donde la circulación de investigadores externos es normalmente menor que en los centros puros de investigación (como por ejemplo los del CSIC). Qué diferentes son esos departamentos en los que circulan y trabajan muchos doctorandos de aquellos donde son raros, tanto espacial como temporalmente, y los sénior se ocupan exclusivamente de la docencia o de su propia investigación.

Esto de recortar la apuesta por los jóvenes investigadores me recuerda a una historia familiar, a una discusión que mi padre oyó a los suyos, cuando era chaval. La discusión vino a terminar con “el neñu estudia como que me llamo Marino”, que así se llamaba mi güelu, cerrando así el debate del miedo económico y la necesidad de que el neñu se pusiera a producir dinero. Pienso que esa disposición de Marino, junto a la equivalente que vino por línea materna, determinó que en mi turno no existiera ya tal discusión. Se diría que en mi familia habían interiorizado que es mejor aprender mucho y olvidar tanto que no aprender nunca, a pesar de que mantuvieran preocupación por el futuro profesional del chaval. Mi güela, la de la discusión, no supo nunca escribir, así que el salto es importante, y se produjo rápido.

Lo que ya no me recuerda tanto a la historia familiar es que los que imponen ahora recortes en formación de gente joven saben escribir muy bien. Es posible que incluso alguno sea bilingüe incluso en público. Por eso no puedo ser comprensivo con su postura. Por eso no admito que me intenten convencer de que esos recortes en ciencia son más asumibles que otros, y que por tanto han de ir primero.

Tampoco me convencen aquellos prestos a distinguir entre investigación aplicada y básica, la primera se salva, la segunda la dejamos sólo para los tiempos de bonanza. A esos les recuerdo que la ciencia básica lo es precisamente porque sienta las bases de la aplicada del futuro; si no hay base, no hay futuro.

Y otros ocurrentes, quizá los mismos, dicen que los jóvenes investigadores deben irse a buscar tierras mejores, haciendo su doctorado en Estados Unidos, en Escandinavia etc. Y digo yo, si se van porque aquello está mejor, y aquí no se apuesta por el futuro, ¿a cuento de qué van a volver a una España antropófaga, de peineta y procesión, de capote y hormigón? No se confunda la sana movilidad de investigadores con la emigración.

A esos responsables de gestión pública que cortan ciencia, joven o no, que cortan salud y cultura, no se les recordará como el que recuerda a un pariente de un pasado más, mucho más duro. Más bien pienso que no se les recordará en absoluto.

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Una respuesta a De jovenes e investigación

  1. Muy buen artículo, Mario

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