Conservando, o no, vaquitas

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 2 min

Leía hace un rato un texto recomendable sobre vaquitas, ese pequeño cetáceo del Golfo de California. Es una reflexión pasional (y no me extraña) por el fallo monumental de encaminar otra especie al abismo de la extinción antrópica. No comparto todo lo que dice, aunque presiento que se trata de como presenta las ideas, no de las mismas. Intento explicarme:

El texto enlazado toca la discusión de si la conservación necesita más biología o más sociología. Discusión que me parece espuria, y me resulta sospechosa – esto último seguramente manchado por mi percepción local de quién provoca esas discusiones: tropa que disfraza intereses personales de intervenciones seudo-reflexivas. El mero hecho de discutir si procede cargar el peso sobre una disciplina científica o la otra refleja la necesidad de la ciencia a la hora de tomar esas decisiones. Y eso es lo que sigue necesitando la conservación. No se trata de decir “aquí no pinta nada la biología, es la sociología”, o lo contrario, sino de seguir los pasos adecuados para llegar a esa conclusión.

El caso concreto de la vaquita: por lo que leo, las causa del declive son bien conocidas. Entiendo que se han conocido estudiando por qué mueren más individuos de esa especie de los que nacen y crecen hasta ser reproductores (me recuerda a un caso célebre en biología de la conservación). Si las causas del declive están bien demostradas, hay que abordarlas. Esas causas, y no otras. Esas causas, y no aquellas más fáciles o más sonrientes. Desde luego, si el problema es el furtivismo o el empleo de determinadas artes de pesca, tienes un problema social, no biológico.

El planteamiento inverso es también frecuente: culpar a la biología de lo que es socio-economía no resolverá los problemas sociales. Y también demanda ciencia, no prejuicios.

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Esos paisajes quemados

Mario Quevedo, en Cantabricus
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Hace unos meses, en un acto público en el que discutíamos sobre el problema de los incendios provocados en la Cordillera Cantábrica, desde el público se mencionaba la necesidad de interpretar paisajes; de explicar qué vemos, y por qué.

Hay varios puntos de vista posibles en la interpretación del paisaje, y varían tanto en el enfoque como en la escala temporal que discuten. Así, con un geomorfólogo disfrutas cuando te explica de dónde vienen las formas; pone el foco en el material abiótico, y en la escala temporal larga. Un antropólogo te explicará qué usos humanos han tenido lugar en el territorio, condicionando en parte la cubierta vegetal actual. A continuación usaré algunas fotos para explicar lo que veo y lo que sabemos en ecología de un tipo de paisaje. Voy a ser deliberadamente somero en la descripción, dado el medio y la mañana del sábado, lo cual no implica que niegue los muchos matices que podríamos añadir.

Me centraré esencialmente en una de esas zonas que se dicen “cubierta de matorral” en los usos habituales de la descripción del paisaje. Usos habituales en los que nos descuidamos todos más de la cuenta.

Concretando más, me voy a los brezales altos; me voy a Degaña, sur-occidente de Asturias. Es Degaña concejo, como la mayor parte de Asturias, eminentemente forestal. Es también eje de la Cordillera Cantábrica, lo que implica fuertes pendientes y cumbres de 2000 m s.n.m. Y es occidente, lo que se traduce en mayor prevalencia del material silíceo en los suelos; en igualdad de condiciones, los suelos silíceos son más ácidos y menos fértiles que los calizos, determinando a su vez la cubierta vegetal dominante.

Me voy al entorno de la braña de Fonduveigas, Fondos de Vega en los mapas de Google. Nos fuimos aquel día Mangueiru arriba, y la imagen a continuación está tomada a unos 1600 m s.n.m. No tiene mucha calidad, pero creo que sí contenido:

Veo en la foto algún resto del anterior pastizal asociado a la cabaña de la parte inferior izquierda. Buena parte de la imagen muestra brezos en flor, blanquecinas las de Erica arborea, púrpuras las de Erica aragonensis (ves, aquí un botánico metería su matiz). Las amarillas serán Genista, si bien no recuerdo haber comprobado qué leguminosa era aquella; estábamos trabajando en otra cosa. También hay bastantes gleras o canchales (lleras, tseiras, etc.), en las que podrías percibir el tono verdoso que aporta la cobertura de líquenes. No verás en la foto las especies de plantas que crecen en esas tseiras, y algunas sólo en ellas, sin adentrarte físicamente en ellas.

Y veo hay árboles. Unos pocos, obvios, en el frente. Otros muchos, menos obvios, en la mitad superior de la imagen. Jóvenes rebollos, Quercus pyrenaica, y algún abedúl Betula pubescens, ambos capaces de crecer donde los suelos dan muy poco, tanto naturalmente como por consecuencia del uso humano previo de los mismos. Pensándolo un poco mejor, cierto es que hay que cuidarse de asignar edad a los árboles basándonos meramente en la talla: el crecimiento de las plantas, tanto en ritmo como en forma, está muy determinado por el ambiente. Y esos árboles están creciendo en sitios exigentes. En cualquier  caso, si nos metiéramos por esas matas apretadas, las que diluimos en “matorrales” en el hablar del día, encontraríamos más cosas. Encontraríamos muchos arándanos, por ejemplo. Encontraríamos muchas cosas que no sé nombrar (todavía; a aprender hay tiempo si hay voluntad).

No vemos en la foto, por definición estática y por manufactura lejana, la espectacular actividad de insectos que aquel día de junio se afanaban en aquello que hacen bien: polinizar, transportar, pastar, predar, etc.

A continuación alguna imagen más del mismo sitio y día, en las que espero se aprecien mejor algunos componentes de la descripción:

Sitios como los de esas imágenes constituyen las orlas supraforestales: ahí termina el bosque. El límite superior de la vegetación arbórea está profundamente afectado por los factores abióticos: el viento, la desecación, el frio, la escasez de agua, etc., y por eso lo usamos en ecología para ilustrar el efecto del ambiente en la distribución de los organismos. Pero en el caso que nos ocupa, y en otros muchos, los árboles no llegan más arriba como consecuencia de la actividad humana previa. Paisajes culturales. Creo recordar que los botánicos situaban el límite de la cobertura arbórea actual en Asturias unos 200 metros por debajo del posible, dados clima y suelo. Date cuenta de lo que eso implica: en principio, los árboles llegarán más arriba, si los dejas. Y llegarán también más abajo, reocupando el terreno perdido hasta que una nueva perturbación deje paso a vegetación más lábil y efímera.

Eso es en principio. En final, depende. Y depende porque queman sobre quemado. Cada incendio provocado y repetido no es meramente otro incendio provocado, y repetido. Arde vegetación, y arde materia orgánica particulada. Queman nutrientes minerales, tanto los presentes como los futuros, todavía anclados a aquella materia orgánica, a la espera de que babosas, hongos, bacterias y demás tropa de descomponedores los devuelvan al suelo. Los organismos que crecían en el sitio A no son necesariamente los mismos que crecen el el sitio A + 4 fuegos. Y si la intensidad y/o periodicidad de los mismos es suficiente, te puedes encontrar con que tu sitio preferido para crecer robles ya no los puede albergar; o con que tu sitio preferido para producir hierba albergará, en el mejor de los casos, vegetación leñosa.

Una imagen muy reciente, del 19 de octubre, proporcionada por José Carral:

No ha sido casual mi elección de las imágenes del monte sobre Fonduveigas. La línea azul en la imagen de la última oleada de incendios marca aproximadamente la zona a la que corresponden las imágenes anteriores. No sé cuánto de lo que vemos en ellas habrá librado, espero que algo sí. Tampoco sé con certeza cuanto de lo quemado podrá recuperar; no es trivial predecir eso. Si sé que “matorral” es un término demasiado laxo para referirse a lo que se quema mayoritariamente en Asturias todos los años. Y también sabemos que si esa definición laxa busca restar importancia al asunto, manipula de forma grosera la realidad ecológica subyacente.

Más allá de la interpretación técnica del paisaje, desde un punto de vista puramente emocional, que todos tenemos corazón, historia, madre y güela: no te extrañe que cuando justifiques los fuegos intencionados en el ecosistema cantábrico te respondamos vehementemente que marches a ver la ballena. Quizás merezca la pena recordar que el homicidio también se usa al menos desde los días de Ötzi, y no por ello nos parece hoy buena idea.

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Causas de incendios y números

Mario Quevedo, en Cantabricus
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Es bien conocido que Jim Morrison era un incendiario; a qué fin si no repetía aquello de Come on baby light my fire; try to set the night on fire. Es posible que esa manía incendiaria motivase a su vez los excesos con el organillo de su colega en The Doors. Nunca lo sabremos.

De incendiarios está el aire lleno estos días en el NO de España, y en Portugal. Una oleada de incendios que no es “otra”, ya que mayormente quema sobre quemado, con efectos aditivos. Y durante la ola de incendios, las opiniones florecen. Muchas no son más que meras liberaciones de tensión, y merecen la justa atención. Otras, por apoyarse en números, deberían acarrear más peso. Ya sabéis, dicen que lo números no mienten. Tampoco lo sabremos nunca, porque no hablan. Las que hablan y aciertan, erran o mienten son las personas que los interpretan.

Una de las frases que he leído más habitualmente estos años de atrás es cualquier variación del tema “un XX %  de los incendios son provocados para generar pastos”1; ese porcentaje varía en lo que yo haya visto entre un 60 y un 80%. De ahí prosiguen interpretaciones habituales de que el XX% de los fuegos se origina por  intereses agropecuarios.

Esos números son los más fiables que tenemos de momento. Los generan unas brigadas de investigación de incendios que, con protocolos y métodos conocidos, llegan a determinadas conclusiones sobre el origen de los distintos fuegos. También te dicen la superficie quemada, y si esa superficie estaba cubierta por árboles, matorral, o vegetación herbácea. Por eso podemos saber con datos públicos que entre 2008 y 2016 el 98% 85 ± 5 % de la superficie quemada en Asturies eran matorrales. Buscando “incendios” en el portal SADEI os lleva en dos clicks a los datos; no los enlazo directamente porque temo que la localización no sea permanente.

También podemos ver en datos públicos (aquí, por ejemplo) la distribución de causas asignadas a los incendios. Y dicen los que trabajan esos números, por ejemplo, que los incendios causados por rayos son menos del 1%. Dicen también que en Asturias la mayoría de los incendios son provocados por razones agropecuarias. No incluyo porcentaje porque la variación del mismo es amplia dependiendo de la fuente y del periodo de análisis.

Sin embargo, hecho en falta más información para interpretar la causalidad mayoritaria de los fuegos en Asturies. Especialmente cuando pienso en grandes superficies quemadas sobre paisajes que conozco mejor, y donde no veré pastos en los  días de mi vida.

¿Por qué no me basta la información de arriba? Porque aunque sabemos que Jim Morrison le pedía a baby que prendiera fuego, no sabemos la superficie que llegó a quemar.

Los incendios varían muchísimo en superficie quemada, desde los conatos de menos de 1 ha a los monstruos de estos días. Así, es posible con los datos públicos a los que tengo acceso afirmar que un XX% de los incendios los provocaron personas con determinados intereses, dados los métodos de investigación. No es posible en cambio decir que el YY% de la superficie quemada lo fue por esos intereses. El 80% de los  incendios no tiene por qué suponer el 80% de la superficie quemada.

Entiendo que las personas responsables de recopilar y trabajar esos datos pueden precisar la superficie asignable a unas y otras causas. Es posible además que eso esté publicado por ahí, en cuyo caso si alguien me avisa actualizo esta entrada. Lo que no entendería es que, si esa información está disponible, no se publique, a fin de sustituir opinión y tertulias por interpretación informada de números.

Notas, referencias:
[1] Deberíamos discutir en otro momento si quemar genera pastos que merezcan tal nombre, o simplemente vegetación herbácea efímera. Abordado de forma somera aquí.

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Novedad: la política manda en conservación

Mario Quevedo, en Cantabricus
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Precisamente ayer comentaba con amigos que no saco fuerza últimamente para escribir aquí, por las razones que sean. Los amigos rápidamente ilustraron, como no puede ser de otra forma, cuan preocupante les parecía el hecho, procesando otro frito de bacalao, y mencionando la suave textura del rebozo.

Sin embargo, nada como un discurso del Presidente del Gobierno de Asturias en la Universidad de Oviedo, en la que trabajo, para darme cancha. No se debe esperar gran cosa de estos discursos, pienso yo, más allá del tono de mitín campañero permanente, y los lugares comunes, ajustando cuentas con el mundo. Por eso me pasan siempre desapercibidos. Pero hoy les leo a mis vecinos de Geotrupes – gentes bravas donde las haya, que defender la naturaleza y la ciencia en Asturias es deporte extremo – que el Presidente del gobierno regional reutilizó en la Universidad un clásico en su repertorio: “la elección de cuánta naturaleza proteger es una decisión política, no científica”. Y enlaza Geotrupes a la prensa, que al parecer informa sobre el discurso.

Política de nivel, Yes we can. Creo que están a punto de sustituir aquellas citas de Luther King soñando por estas de Javier Fernández.

Dos aspectos me llaman especialmente la atención. Por un lado, que alguien de tal responsabilidad utilice el tiempo que le asignan en público para proferir obviedades sin recorrido. Por otro, que el Presidente y sus asesores decidan usar el estrado de la Universidad para cagarse en la ciencia. Que ya lo hacen desde hace mucho, omitiendo por ejemplo un plan regional de investigación y convocatorias asociadas de ciencia básica, es conocido. Pero ahora aprietan el acelerador. Pensándolo mejor, prescindo del plural; un Presidente tendrá quién le escriba los discursos, pero si los lee, son suyos.

Ilustro en cualquier caso la obviedad, solicitando del Presidente más coraje. Le propongo que la próxima vez diga algo así como:

la decisión de lo que se previene médicamente es política, no científica

Porque eso también es una obviedad, y es actualidad (no noticia) en Asturies. Presa de un imán en mi frigorífico descansa un papel recibido en la penúltima visita al pediatra de la Sanidad Pública (profesional al que agradezco su labor y su talante; los guajes van hasta contentos a por las vacunas). Dicho papel enuncia:

Información para las familias sobre la vacuna contra la MENINGITIS B

Las mayúsculas vienen en el original, que cuenta que dicha meningitis es

enfermedad infecciosa muy poco frecuente pero muy grave, que produce secuelas importantes y una mortalidad que ronda  el 10% (fallece 1 de cada 10 afectados)… Aunque nadie está libre de resultar infectado por el germen, la enfermedad principalmente afecta a niños pequeños y adolescentes, por lo demás sanos.

Hay mas información en el documento; está bien explicado, incluso cuando informa sobre el precio que tiene la vacuna en cuestión, no financiada por el Sistema Nacional de Salud.

El precio de venta al público es de 106,15 € por dosis. Por lo tanto, la vacunación completa de un lactante que inicie la vacunación en el primer semestre de su vida (4 dosis) supondrá 426,60 € en total.

Varias posibles lecturas. Una es que el ejecutivo astur no tiene potestad para incluir esa vacuna en su programa de vacunación. Tal supuesto restaría kilos de determinismo a la política de Fernández, tan potente ante el micrófono de la Universidad, ilustrando que no manda tanto y controla menos de lo que pregona. Otra posible lectura no la despliego, por obvia.

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