Descontrol del control (de poblaciones)

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 8 min

“Control de poblaciones” es una expresión habitual, referida a una demanda o a una acción concreta de gestión de poblaciones salvajes. Me parece además una expresión trucada, basada en que parece sonarnos mejor que “descontrol de poblaciones”. Diría que en español “descaste” o “sacrificio” son términos bastante más ajustados al significado real.

En este texto pretendo darle alguna vuelta biológica al “control de poblaciones”. No será la primera vez; al menos otra vez intenté discutirlo con el foco puesto en los lobos, bestias que algún folclore sitúa permanentemente en el descontrol. Repasaré algún elemento que desaconseja la simplificación “control / descontrol”, usando como ejemplo los jabalíes, animales de moda en mi entorno atlántico. No obstante, las ideas subyacentes son generalizables a muchas otras poblaciones, aunque no necesariamente lo sean los detalles. Procuro además completar lo escrito recientemente sobre jabalíes y el control de poblaciones en Naturaleza Cantábrica, repitiendo lo menos posible.

Y escribir sobre esta especie se debe a que es habitual últimamente leer en prensa, en la misma frase, los términos “jabalí” y “plaga”. O “jabalí” y “daños”. Y es que chocar contra un marrano de 50 kilos con el coche provoca daños, al coche y al marrano. Puede ser que aumenten los incidentes porque aumente el número de jabalíes cerca de los coches, aunque habría que considerar también el aumento del número de coches cerca de los jabalíes. Se ven además jabalíes desde ventanas como la mía, a pesar de que dichas ventanas no dominan ningún paraje “abandonado”, de esos en los que las zarzas se conjuran para desmantelar la civilización. Incluso llegan a titulares y entradillas las advertencias de expertos de diversa índole sobre la capacidad de estos bichos de sembrar el caos en el cole de tu hija, o de la mía. “Suidos”, dice a menudo la prensa, porque así llamamos formalmente a los jabalíes en taxonomía zoológica. Y son suidos porque pertenecen a la familia Suidae, que incluye también a los cerdos domésticos; y a Pumba, el facocero sonriente de la peli de animación El Rey León. A continuación recopilo algunos aspectos de la historia natural de la especie1,2. Repasar la historia natural de los jabalíes sirve entre otras cosas para contrastar afirmaciones tipo “tienen mínimo 6 crías por hembra, y los cupos sólo te permiten tres bichos; multiplica, y ahí tienes la proliferación”. No, a diferencia de Pumba esa afirmación no es un dibujo animado.

Arkive photo - Wild boar family group in woods on track

  • Los jabalíes (Sus scrofa) son omnívoros, como cerdos, humanos y osos: obtienen alimento de varios niveles tróficos. Son especialmente hábiles a la hora de buscar y consumir frutos forestales, bulbos, tubérculos y hongos. Consumen también proteínas animales (caracoles, lombrices, micromamíferos, carroña). Como otros omnívoros, son especialmente capaces de aprovechar lo que nos sobra.
  • Son flexibles en la elección de hábitat. Necesitan refugio, lo que en su caso implica suficiente cobertura vegetal. Su omnivoría ayuda a que se las apañen tanto en hábitats primarios como secundarios, tanto en los bosques originales como en los mosaicos de sotos, cultivos, jardines y matorrales resultantes de la explotación de los mismos.
  • Son mamíferos sociales, especialmente las hembras. Las piaras son grupos de varias hembras con sus crías. Los machos abandonan esos grupos maternales al aproximarse a la madurez sexual; serán esencialmente solitarios a partir de ese momento, y buscaran a las hembras en época de celo (final del otoño, principio del invierno, dependiendo del territorio).
  • Los grupos matriarcales son mucho más sedentarios que los machos solitarios, que son los vectores de dispersión en la especie.
  • Los machos compiten por el acceso a las hembras, y los dominantes monopolizan las cópulas. Dicho de otra forma, en una población de jabalíes no todos los machos accederán a la reproducción en una temporada de celo determinada. Este tipo de estructura reproductora no es rara en la naturaleza; sin ir más lejos, los urogallos son también poligínicos.
  • Los partos tienen lugar en primavera, si bien el momento variará en función del territorio y la disponibilidad de alimento.
  • El tamaño de camada depende del tamaño de la hembra. El número máximo de crías es muy variable a lo largo del enorme rango de distribución del jabalí. En España y otras poblaciones europeas no suelen nacer más de 4 crías por parto.
  • El porcentaje de hembras reproductoras también depende del tamaño que hayan alcanzado al llegar la temporada de celo.

A pesar de que esa historia natural es bien conocida y accesible en el caso de los jabalíes y muchas otras especies, es habitual tratar las poblaciones de plantas y animales como cajas negras. O mejor dicho, como cajas de sidra: tantas bebes, tantas quedan. Pero a diferencia de las botellas de sidra3, las poblaciones de seres vivos pueden contener distintos tipos de individuos, que no necesariamente desempeñan las mismas tareas, ni contribuyen de la misma forma al cambio de la población en el tiempo. Machos, hembras; adultos, juveniles, crías; semilla, plántula, arbolín, arbolón; más grandes, más pequeños; más tímidos, más agresivos; reproductores, no reproductores; residentes, flotantes; hijos de mengana, hijas de zutano… Vista la historia natural de los jabalíes, coincidiremos en que encajan en un esquema de población estructurada.

Un parámetro importante en el estudio de dinámica de poblaciones es la tasa de crecimiento de la población, teniendo en cuenta la estructura de la misma. Una de las expresiones de dicha tasa de crecimiento se obtiene a partir de la relación entre el numero de individuos en el momento del conteo frente a los individuos en el conteo anterior. Esa tasa, habitualmente conocida como lambda o R, es fácil de interpretar: si es menor que 1, hay menos individuos en el conteo actual que en el previo, y la población decrece en ese intervalo de tiempo; si es mayor que 1, la población crece.

“Teniendo en cuenta la estructura”, decía arriba, y ahí empieza lo interesante. Ahí empieza también la razón por la cual las afirmaciones tipo chigre “tantos matas tanto los controlas” deberían ser evitadas, al menos una vez abandonado el recinto hostelero. Si conocemos algo de la estructura de la población, y sabemos también algo de su tasa de crecimiento, podemos preguntarnos qué sector de la población tendrá mayor influencia sobre la tasa de crecimiento. De estimar numéricamente esa idea de influencia parcial sobre la dinámica de la población se ocupa la elasticidad. Este parámetro se calcula “jugando” con los parámetros demográficos de un sector de la población sin modificar los del resto, comprobando entonces como cambiaría la tasa de crecimiento de toda la población. Así, podrías en principio saber qué sector es el más apropiado para llevar a cabo gestión, al ser el más determinante en la dinámica de la población. Por ejemplo, y en el contexto de querer “controlar”, te puedes preguntar qué reduciría más la tasa de crecimiento de la población de jabalís: matar hembras o machos adultos; matar hembras juveniles o hembras adultas4.

En principio y antes de empezar a tomar datos locales, tendrías razones para prever que la supervivencia de las hembras reproductoras sea especialmente importante en la dinámica de población de los jabalíes, así como de otros muchos vertebrados. No obstante, esas generalizaciones admiten mucha variación en función del ambiente, y de la explotación. En el caso concreto de los jabalíes, sabemos que la supervivencia de los adultos es especialmente determinante en hábitats más pobres, mientras que la importancia de la supervivencia de los juveniles en la dinámica de la población aumenta con la productividad del hábitat5. Una implicación de lo anterior es que el acceso de los jabalís a fuentes de alimentación suplementarias, i.e. de origen humano, influirá en la gestión de la población, especialmente si esta “extrae” adultos.

También sabemos que la propia presión cinegética determina qué sectores de la población son más determinantes para la dinámica de la misma. En una comparación entre poblaciones sometidas a distinta intensidad cinegética, la influencia de la supervivencia de los juveniles sobre la tasa de crecimiento (la elasticidad que explicaba antes) fue mucho mayor en la población sometida a caza intensa. El mismo estudio encontró que a mayor explotación menor tiempo de generación de los jabalíes (de 3,6 a 2,3 años)6, interpretable como la edad media de las madres en la población. Recapitulando, niveles elevados de mortalidad antrópica junto con recursos no limitantes aceleran el ritmo de la población de jabalíes, provocando reproducciones más tempranas.

Termino mencionando otro estudio que destapa algún mecanismo tras los patrones mencionados previamente: en poblaciones de jabalíes sometidas a fuerte presión cinegética tiene lugar un adelanto de las fechas de los partos7. Ese adelanto en los partos proporciona más tiempo de crecimiento a las hembras, facilitando que algunas crezcan lo suficiente como para reproducirse durante su primer año de vida (recuerda la historia natural de la especie: el tamaño es determinante tanto para que exista reproducción, como para el tamaño de camada).

Nada de lo expuesto aquí es particularmente sorprendente en el estudio de la dinámica de poblaciones estructuradas. No tener en cuenta la complejidad de las mismas, así como gestionar sin monitorizar las poblaciones antes y después de las acciones de gestión, puede implicar que determinadas medidas, percibidas como simples u obvias, tengan efectos no deseados.

Notas y referencias
1- Blanco JC (1998) Mamíferos de España vol. 2. Planeta, Barcelona.
2- Ballesteros F (1998) Las especies de caza en España. Estudio y Gestión del Medio, Oviedo.
3- Alguno dirá que no hay botella de sidra repetible, pero estaremos de acuerdo en que la sidra de la botella A no interacciona con la de la botella B hasta que alcanza el estómago del bebedor.
4- El eufemismo al uso sería “extraer”, pero los jabalís y cia. no se “extraen” vivos así como así.
5- Bieber C, Ruf T (2005) Population dynamics in wild boar Sus scrofa: ecology, elasticity of growth rate and implications for the management of pulsed resource consumers. Journal of Applied Ecology 42:1203–1213.
6- Servanty et al (2011) Influence of harvesting pressure on demographic tactics: implications for wildlife management. Journal of Applied Ecology 48:835–843.
7- Gamelon et al (2011) High Hunting Pressure Selects for Earlier Birth Date: Wild Boar as a Case Study. Evolution 65:3100–3112.

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Tirar a lobos en batidas de jabalí difumina los semblantes

Mario Quevedo, en Cantabricus

Al menos eso parece desprenderse de una noticia publicada en medios asturianos: “Matan dos lobos dentro de una batida de jabalíes“, titulan, acompañando el texto por una imagen de los especímenes. Dicha imagen (animo a usar el enlace previo) no aportaría novedad alguna de no ser porque las caras de los individuos implicados aparecen pixeladas.

Ya sé que esto de pixelar caretos no es particularmente nuevo en la prensa digital actual. No obstante, el que suscribe no lo había visto en el contexto de una batida de caza. La prensa regional sigue produciendo – creo que los domingos – páginas cubiertas de individuos que posan satisfechos para la foto, sin difuminar su presencia en los lances cinegéticos. Cierto es que satisfechos igual estaban también esos que en Teverga sujetan los cadáveres de los lobos, pero no termino de ver el enfoque de posar para una foto para difuminarte después.

¿Será que el lance no era cinegético? Los lobos en Asturias no lo son.

Simultáneamente leía en prensa al Vice-Consejero astur del ramo – Benigno Fernández Fano – cargando otra vez contra “los ecologistas”, que son unos pesaos que no quieren llegar a acuerdos. Parece que se enfada el Vice-Consejero porque no guste esto de matar lobos porque su gobierno lo decide. Y sabemos que se enfada porque los Vice-Consejeros salen en prensa fácil.

Una interpretación posible de sus palabras, diría que la perseguida, es que los ecologistas son malos; fuinos. Me pregunto no obstante como de acólito hay que ser del partido de dicho alto cargo para tragarse semejante manipulación.

No creo polémico afirmar que los ciudadanos no tenemos por qué acordar nada con los que gobiernan, mal o bien. Al menos no en los vacíos de participación entre convocatorias electorales. Sin consultarlo con ecologista alguno, tiendo a pensar que los ciudadanos y las ONG que los agrupan expresan su opinión libremente, mientras que los gobiernos toman las decisiones políticas que creen convenientes. Las toman, y se las quedan, apechugando con lo que opinemos sobre esas decisiones. Cobran dinero público para decidir, sí, y para apechugar, también. Así, si el PSOE en Asturias decide que en batidas a una especie cinegética se puede matar otra especie que no lo es, sin trabajar los trámites parlamentarios necesarios, tendrá que asumir que pierde unos votos mientras busca ganar otros. Pierde cuando menos los votos de los que consideramos que los gobiernos no deben buscar agujeros normativos para deslizar decisiones políticas.

Me olvidaba del pixelado; difuminar es lo que tiene. El caso es que me sigo preguntando por qué los medios de comunicación astures han decidido sustraer los rostros de los participantes en la batida de Teverga, esa en la que a pesar de salir a jabalís mataron lobos. Quizás no compartan con Fernández Fano la idea de que todo está claro.

Termino preguntándome qué impulso llevará a alguien que se dice cazador a tirarle a una especie no cinegética. Qué ganas de meterse en jardines, y de hacerle el trabajo sucio al que luego no sale pixelado en prensa.

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Conservando, o no, vaquitas

Mario Quevedo, en Cantabricus
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Leía hace un rato un texto recomendable sobre vaquitas, ese pequeño cetáceo del Golfo de California. Es una reflexión pasional (y no me extraña) por el fallo monumental de encaminar otra especie al abismo de la extinción antrópica. No comparto todo lo que dice, aunque presiento que se trata de como presenta las ideas, no de las mismas. Intento explicarme:

El texto enlazado toca la discusión de si la conservación necesita más biología o más sociología. Discusión que me parece espuria, y me resulta sospechosa – esto último seguramente manchado por mi percepción local de quién provoca esas discusiones: tropa que disfraza intereses personales de intervenciones seudo-reflexivas. El mero hecho de discutir si procede cargar el peso sobre una disciplina científica o la otra refleja la necesidad de la ciencia a la hora de tomar esas decisiones. Y eso es lo que sigue necesitando la conservación. No se trata de decir “aquí no pinta nada la biología, es la sociología”, o lo contrario, sino de seguir los pasos adecuados para llegar a esa conclusión.

El caso concreto de la vaquita: por lo que leo, las causa del declive son bien conocidas. Entiendo que se han conocido estudiando por qué mueren más individuos de esa especie de los que nacen y crecen hasta ser reproductores (me recuerda a un caso célebre en biología de la conservación). Si las causas del declive están bien demostradas, hay que abordarlas. Esas causas, y no otras. Esas causas, y no aquellas más fáciles o más sonrientes. Desde luego, si el problema es el furtivismo o el empleo de determinadas artes de pesca, tienes un problema social, no biológico.

El planteamiento inverso es también frecuente: culpar a la biología de lo que es socio-economía no resolverá los problemas sociales. Y también demanda ciencia, no prejuicios.

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Esos paisajes quemados

Mario Quevedo, en Cantabricus
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Hace unos meses, en un acto público en el que discutíamos sobre el problema de los incendios provocados en la Cordillera Cantábrica, desde el público se mencionaba la necesidad de interpretar paisajes; de explicar qué vemos, y por qué.

Hay varios puntos de vista posibles en la interpretación del paisaje, y varían tanto en el enfoque como en la escala temporal que discuten. Así, con un geomorfólogo disfrutas cuando te explica de dónde vienen las formas; pone el foco en el material abiótico, y en la escala temporal larga. Un antropólogo te explicará qué usos humanos han tenido lugar en el territorio, condicionando en parte la cubierta vegetal actual. A continuación usaré algunas fotos para explicar lo que veo y lo que sabemos en ecología de un tipo de paisaje. Voy a ser deliberadamente somero en la descripción, dado el medio y la mañana del sábado, lo cual no implica que niegue los muchos matices que podríamos añadir.

Me centraré esencialmente en una de esas zonas que se dicen “cubiertas de matorral” en los usos habituales de la descripción del paisaje. Usos habituales en los que nos descuidamos todos más de la cuenta.

Concretando más, me voy a los brezales altos; me voy a Degaña, sur-occidente de Asturias. Es Degaña concejo, como la mayor parte de Asturias, eminentemente forestal. Es también eje de la Cordillera Cantábrica, lo que implica fuertes pendientes y cumbres de 2000 m s.n.m. Y es occidente, lo que se traduce en mayor prevalencia del material silíceo en los suelos; en igualdad de condiciones, los suelos silíceos son más ácidos y menos fértiles que los calizos, determinando a su vez la cubierta vegetal dominante.

Me voy al entorno de la braña de Fonduveigas, Fondos de Vega en los mapas de Google. Nos fuimos aquel día Mangueiru arriba, y la imagen a continuación está tomada a unos 1600 m s.n.m. No tiene mucha calidad, pero creo que sí contenido:

Veo en la foto algún resto del anterior pastizal asociado a la cabaña de la parte inferior izquierda. Buena parte de la imagen muestra brezos en flor, blanquecinas las de Erica arborea, púrpuras las de Erica aragonensis (ves, aquí un botánico metería su matiz). Las amarillas serán Genista, si bien no recuerdo haber comprobado qué leguminosa era aquella; estábamos trabajando en otra cosa. También hay bastantes gleras o canchales (lleras, tseiras, etc.), en las que podrías percibir el tono verdoso que aporta la cobertura de líquenes. No verás en la foto las especies de plantas que crecen en esas tseiras, y algunas sólo en ellas, sin adentrarte físicamente en ellas.

Y veo hay árboles. Unos pocos, obvios, en el frente. Otros muchos, menos obvios, en la mitad superior de la imagen. Jóvenes rebollos, Quercus pyrenaica, y algún abedúl Betula pubescens, ambos capaces de crecer donde los suelos dan muy poco, tanto naturalmente como por consecuencia del uso humano previo de los mismos. Pensándolo un poco mejor, cierto es que hay que cuidarse de asignar edad a los árboles basándonos meramente en la talla: el crecimiento de las plantas, tanto en ritmo como en forma, está muy determinado por el ambiente. Y esos árboles están creciendo en sitios exigentes. En cualquier  caso, si nos metiéramos por esas matas apretadas, las que diluimos en “matorrales” en el hablar del día, encontraríamos más cosas. Encontraríamos muchos arándanos, por ejemplo. Encontraríamos muchas cosas que no sé nombrar (todavía; a aprender hay tiempo si hay voluntad).

No vemos en la foto, por definición estática y por manufactura lejana, la espectacular actividad de insectos que aquel día de junio se afanaban en aquello que hacen bien: polinizar, transportar, pastar, predar, etc.

A continuación alguna imagen más del mismo sitio y día, en las que espero se aprecien mejor algunos componentes de la descripción:

Sitios como los de esas imágenes constituyen las orlas supraforestales: ahí termina el bosque. El límite superior de la vegetación arbórea está profundamente afectado por los factores abióticos: el viento, la desecación, el frio, la escasez de agua, etc., y por eso lo usamos en ecología para ilustrar el efecto del ambiente en la distribución de los organismos. Pero en el caso que nos ocupa, y en otros muchos, los árboles no llegan más arriba como consecuencia de la actividad humana previa. Paisajes culturales. Creo recordar que los botánicos situaban el límite de la cobertura arbórea actual en Asturias unos 200 metros por debajo del posible, dados clima y suelo. Date cuenta de lo que eso implica: en principio, los árboles llegarán más arriba, si los dejas. Y llegarán también más abajo, reocupando el terreno perdido hasta que una nueva perturbación deje paso a vegetación más lábil y efímera.

Eso es en principio. En final, depende. Y depende porque queman sobre quemado. Cada incendio provocado y repetido no es meramente otro incendio provocado, y repetido. Arde vegetación, y arde materia orgánica particulada. Queman nutrientes minerales, tanto los presentes como los futuros, todavía anclados a aquella materia orgánica, a la espera de que babosas, hongos, bacterias y demás tropa de descomponedores los devuelvan al suelo. Los organismos que crecían en el sitio A no son necesariamente los mismos que crecen el el sitio A + 4 fuegos. Y si la intensidad y/o periodicidad de los mismos es suficiente, te puedes encontrar con que tu sitio preferido para crecer robles ya no los puede albergar; o con que tu sitio preferido para producir hierba albergará, en el mejor de los casos, vegetación leñosa.

Una imagen muy reciente, del 19 de octubre, proporcionada por José Carral:

No ha sido casual mi elección de las imágenes del monte sobre Fonduveigas. La línea azul en la imagen de la última oleada de incendios marca aproximadamente la zona a la que corresponden las imágenes anteriores. No sé cuánto de lo que vemos en ellas habrá librado, espero que algo sí. Tampoco sé con certeza cuanto de lo quemado podrá recuperar; no es trivial predecir eso. Si sé que “matorral” es un término demasiado laxo para referirse a lo que se quema mayoritariamente en Asturias todos los años. Y también sabemos que si esa definición laxa busca restar importancia al asunto, manipula de forma grosera la realidad ecológica subyacente.

Más allá de la interpretación técnica del paisaje, desde un punto de vista puramente emocional, que todos tenemos corazón, historia, madre y güela: no te extrañe que cuando justifiques los fuegos intencionados en el ecosistema cantábrico te respondamos vehementemente que marches a ver la ballena. Quizás merezca la pena recordar que el homicidio también se usa al menos desde los días de Ötzi, y no por ello nos parece hoy buena idea.

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